Herencia y matrimonio: cómo se reparten los bienes cuando fallece un cónyuge.
- Carlos A. Alvarado Ponce
- 25 ene
- 5 Min. de lectura
Sociedad conyugal y herencia en México explicadas de forma sencilla
Cuando una persona fallece y estaba casada bajo el régimen de sociedad conyugal, una de las primeras dudas que surgen en la familia es saber qué le corresponde al esposo o a la esposa que queda con vida. Muchas personas creen que, en automático, el cónyuge “se queda con la mitad” y además hereda como cualquier hijo. Otras piensan que, si ya recibe algo por el matrimonio, entonces ya no tiene derecho a heredar. En realidad, ninguna de estas ideas es completamente correcta.
El derecho mexicano maneja este tema con un sistema que busca equilibrio. Protege al cónyuge, protege a los hijos y, al mismo tiempo, evita que una sola persona concentre injustificadamente todo el patrimonio familiar. Para entenderlo, es necesario distinguir dos momentos distintos: primero, la separación de los bienes del matrimonio, y después, el reparto de la herencia.
La diferencia entre bienes del matrimonio y herencia
Cuando una pareja se casa bajo el régimen de sociedad conyugal, los bienes que adquieren durante el matrimonio se consideran, en principio, de ambos. No importa si están a nombre de uno solo o si uno fue quien aportó más dinero. La ley entiende que esos bienes se formaron dentro del proyecto de vida en común.
Por eso, cuando uno de los cónyuges fallece, no todo lo que deja pasa automáticamente a ser herencia. Antes de hablar de herencia, es necesario separar lo que ya pertenece al cónyuge que vive. Esa separación es lo que se conoce como liquidación de la sociedad conyugal.
La liquidación consiste en revisar los bienes, identificar cuáles son compartidos, pagar las deudas pendientes y determinar qué parte corresponde a cada cónyuge. Si no existieron acuerdos especiales, lo normal es que cada uno tenga derecho al cincuenta por ciento. Si hubo capitulaciones matrimoniales, es decir, acuerdos firmados antes o durante el matrimonio, se respeta lo que ahí se haya pactado.
Esta parte que recibe el cónyuge por el matrimonio no es herencia. No proviene de la muerte de su pareja, sino del propio régimen matrimonial. Jurídicamente, ya era suya desde antes.
La herencia comienza después de la liquidación
Solo después de separar la parte del cónyuge, se forma la herencia. La herencia está integrada únicamente por los bienes que pertenecían al fallecido: su parte de los bienes compartidos y sus bienes propios.
Es sobre ese patrimonio, ya reducido, sobre el que se aplican las reglas de sucesión.
Esto es muy importante, porque muchas veces se piensa que primero se reparte todo y luego se ve qué le toca al cónyuge. En realidad, ocurre al revés: primero se protege su derecho como esposo o esposa, y después se reparte lo demás.
El derecho del cónyuge a heredar
Una vez formada la herencia, surge la siguiente pregunta: ¿el cónyuge también hereda?
La respuesta es sí, puede heredar, pero no siempre de la misma manera. La ley distingue distintos escenarios, y el más relevante es cuando existen hijos.
Cuando hay hijos del fallecido, el sistema es especial. El legislador entendió que, en estos casos, tanto el cónyuge como los hijos necesitan protección. Por eso creó una regla de equilibrio.
La ley dice que el cónyuge heredará como si fuera un hijo únicamente si no tiene bienes suficientes o si sus bienes no alcanzan para igualar lo que recibe cada hijo. En otras palabras, el cónyuge no hereda por simple hecho de serlo, sino para evitar que quede en desventaja económica.
Aquí es donde entra en juego la liquidación de la sociedad conyugal. Los bienes que el cónyuge recibió por el matrimonio cuentan como parte de su patrimonio. No se ignoran. No se hacen a un lado. La ley los toma en cuenta para ver si ya está en una situación económica similar o mejor que la de los hijos.
Si después de la liquidación el cónyuge ya tiene bienes iguales o mayores a los de cada hijo, entonces no hereda más. Se considera que ya está protegido.
Si, por el contrario, tiene menos, entonces sí recibe una parte de la herencia hasta alcanzar ese equilibrio.
Cuando no hay hijos
Si el fallecido no dejó hijos, el sistema cambia.
Cuando existen padres vivos, la herencia se divide en dos partes iguales: una para el cónyuge y otra para los padres. Esto es independiente de lo que haya recibido por la sociedad conyugal.
Si no hay hijos ni padres, pero sí hermanos, el cónyuge recibe la mayor parte de la herencia, normalmente dos terceras partes, y el resto se reparte entre los hermanos.
Y si no existen familiares cercanos, el cónyuge hereda todo.
En estos casos, la ley protege especialmente al esposo o esposa sobreviviente.
El sentido humano y social de estas reglas
Estas normas no están pensadas solo desde un punto de vista legal, sino también social y familiar. El matrimonio implica un proyecto de vida en común, trabajo compartido, apoyo mutuo y, muchas veces, sacrificios personales. Por eso, la ley reconoce que el cónyuge debe estar protegido.
Pero al mismo tiempo, los hijos tienen derecho a recibir el patrimonio de sus padres. La ley busca evitar que queden en una situación injusta frente a un padrastro o madrastra, o incluso frente a su propio padre o madre sobreviviente.
Por eso no permite que el cónyuge acumule sin límite su parte matrimonial y una herencia completa cuando eso deja a los hijos en desventaja.
Se trata de un sistema de equilibrio, no de acumulación.
La importancia de dejar todo claro en los trámites
En los juicios sucesorios y en las escrituras notariales, es fundamental que quede claramente explicado qué parte corresponde al cónyuge por la liquidación del matrimonio y qué parte corresponde por herencia.
Cuando esto no se hace correctamente, surgen problemas en el Registro Público, conflictos entre familiares, retrasos en ventas de inmuebles y, en muchos casos, juicios posteriores que pudieron haberse evitado.
Una sucesión bien llevada desde el inicio evita años de problemas.
Conclusión
Cuando una persona casada en sociedad conyugal fallece en México, la ley sigue un orden muy claro. Primero protege los derechos del matrimonio, separando lo que corresponde al cónyuge. Después forma la herencia con los bienes del fallecido. Finalmente, reparte esa herencia conforme a la ley, tomando en cuenta la situación económica real del cónyuge.
El esposo o esposa sobreviviente puede recibir tanto su parte conyugal como una parte hereditaria, pero esta última depende de si realmente la necesita para quedar en igualdad con los hijos.
La regla básica es sencilla: el matrimonio genera derechos, la herencia también, y la ley busca que ambos se respeten sin generar injusticias.






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